jueves, 13 de septiembre de 2012

Vacaciones en Portugal, destino de moda

Como prometí unos días atrás, por fin me ha dado por ponerme a relatar nuestras andanzas veraniegas por Portugal. Intentaré no extenderme tanto como en mis anteriores crónicas, pero ya sabéis lo que pasa, una vez que empiezo a escribir, me es difícil parar.

Supuestamente este verano nos tocaba hacer un viaje modesto (económicamente hablando) ya que en nuestros últimos dos destinos gastamos más de lo que nos hubiese gustado. Pero una vez nos pusimos a buscar viajes con la ayuda de las miles de páginas web que existen, nos pareció que el precio de los destinos costeros nacionales era bastante desorbitado. Nos salía mucho más barato salir del país que quedarnos aquí. Por lo que, siguiendo consejos y experiencias de amigos y conocidos, fijamos nuestra meta en Portugal. Al principio no teníamos muy claro qué zona visitar, pero mis ganas de conocer Lisboa y alrededores hicieron que nos decidiéramos a ir a la zona de Cascais, a unos 20 minutos de la capital.

Con las maletas hechas y con cámara en mano, nos echamos a la carretera, con un montón de ganas de dar comienzo a nuestra semana de vacaciones.



DÍA 1 - Cascais

Nos esperaban más de 900 km por delante, por lo que tuvimos que madrugar bastante el primer día. Lo que estuvo genial, ya que nos dio tiempo a llegar para la hora de comer. Como todavía no conocíamos nada en la zona y vimos un centro comercial al lado de nuestro alojamiento, decidimos tomar algo allí, de modo que nos permitiese estar cuanto antes en el hotel para el check-in. Después de la comida, nos echamos una mini siesta porque estábamos algo cansados por el viaje y tras relajarnos un poco, salimos a conocer la zona. Nos acercamos a Cascais y paseamos junto al mar, hasta que cayó la noche. He de decir que el pueblo en sí no me ha apasionado, ya que a mi parecer es otro de muchos destinos turísticos donde el pijerío hace acto de presencia. Aunque normal, teniendo en cuenta que fue destino fetiche para algunas familias reales europeas y sigue guardando aún su punto de glamour.







DÍA 2 - Sintra y Boca do Inferno

Tocó otro madrugón más, porque la visita de ese día así lo requería. Leí en varias webs y guías de viajes que todo aquel quería visitar Sintra y ver sus lugares más característicos en un sólo día, tenía que acercarse allí pronto por la mañana. Y siguiendo estos consejos, es lo que hicimos. Y menos mal, porque a lo largo del día agradecimos haber llegado temprano, ya que la afluencia de visitantes crecía por minutos.

Según las guías de viajes, un bus turístico se encargaba de llevarnos a los puntos más importantes, pero nosotros lo hicimos con el coche, más que nada por comodidad. Así que desayunamos bien temprano y fuimos al primer punto de la visita: el Palacio da Pena (Palacio de la Peña), una de las principales residencias de la familia real allá por el siglo XIX. El Palacio, construido sobre rocas, está formado por varios estilos arquitectónicos que van desde el neo-gótico hasta neo-islámico, pasando por el neo-renacentista, y llama mucho la atención su variedad de colores. Merece la pena también el recorrido de antes de llegar a la cima, donde podemos encontrarnos con una variedad de estructuras de distintas épocas: un invernadero, un comedero de pájaros, estanques varios...




video

Muy cerca de allí, a unos 500 metros, se encuentra el Castelo dos Mouros, desde donde se puede otear gran parte de Sintra y alrededores, llegando incluso a verse la costa atlántica. El sol y el calor hicieron que la subida de sus más de 500 escalones se convirtiese en toda una odisea. Además, la hora de la comida se acercaba y el hambre empezaba a apretar. Pero todavía nos quedaba esperar a que se despejara la larga caravana que se formó por un coche mal aparcado.



Después de casi una hora de espera, por fin pudimos arrancar y tras comer, nos fuimos al hotel a descansar un rato. A la tarde habíamos quedado con unos amigos que también estaban veraneando por la zona y nos montamos una BBQ de las buenas frente a la Boca do Inferno, espectacular formación rocosa que el mar ha ido esculpiendo a su antojo a lo largo de los años. Allí mismo, pudimos disfrutar de un bonito atardecer mientras preparábamos la cena y la velada se alargó hasta altas horas de la noche. Al día siguiente también tocaba levantarse pronto para, por fin, ir a Lisboa.





DÍA 3 - Lisboa

Por fín!!! Llegó el día en el que visitaríamos Lisboa. Estaba hasta nerviosa porque había oído maravillas sobre la capital lusa y tenía muchas ganas de descubrirlo por mí misma. No teníamos ningún planning para el día. Nos acercaríamos a la capital y una vez allí, decidiríamos por dónde empezar. Y es lo que hicimos. Aunque llevásemos encima la guía de viajes que nos prestaron, he de decir que no nos fue de mucha ayuda, porque sí que describía cada zona de Lisboa y sus particularidades, pero no encontramos ningún recorrido planificado con el que poder ver los sitios más característicos sin tener que desviarnos mucho en el camino.

Lo mejor que podíamos hacer era acudir a un puesto de información y solicitar un mapa. Como es normal en agosto, el primero que encontramos estaba abarrotado de gente. Tras más de 10 minutos de espera y viendo que la fila no avanzaba, cogí una guía de los que tenían expuestos y nos pusimos en camino siguiendo las indicaciones del mapa.

Primera parada, Plaza del Comercio y sus alrededores, desde donde se puede contemplar una vista preciosa del Tajo con el Puente 25 de Abril y el Cristo Rei de fondo.



Lisboa es una de esas urbes donde el transporte público es un gran aliado a la hora de conocer los lugares más importantes de la ciudad. Pero como habíamos ido con el coche, y bastante nos iban a clavar por guardarlo en un parking subterráneo, decidimos hacer el recorrido a pie. Comenzamos subiendo al barrio de La Alfama, donde está ubicado el Castillo de San Jorge. Sus calles y edificios guardan la esencia de la Lisboa más tradicional. Sus estrechas calles y cuestas nos condujeron al punto más alto de la colina del centro histórico, pasando por la Catedral de Lisboa. Antes de entrar en el castillo en sí, nos acercamos al mirador desde donde se ve buena parte de la ciudad, una vista verdaderamente espectacular sobre el río Tajo.



Sin perder más tiempo, entramos en el Castillo. El edificio consta de varias torres y garitas, un pequeño museo, un restaurante un foso y dos patios grandes y ocupan alrededor de 6000 m² de superficie. 



Sin darnos cuenta, llegó la hora de comer y bajamos a la zona de La Baixa donde abundaban los restaurantes y nos decantamos por un menú típico portugués: sopa y Bacalao a Bras (exquisito plato compuesto por bacalao desmigado, cebolla, patatas, ajo, azafrán, aceitunas negras y perejil). Con la panza llena, no apetecía subir andando al Barrio Alto, por lo que cogimos el Elevador de Santa Justa, transporte y atracción turística casi obligatoria para desplazarnos entre la parte alta y la baja. Y una vez arriba, también pudimos disfrutar del mirador que se alza sobre la ciudad, uno de los principales desde su creación.



Esta zona de Lisboa se caracteriza por su estilo bohemio y alternativo. Por sus calles abundan las librerías antiguas, las tiendas de barrio, los restaurantes con fados en directo... Y paseando por ellas, encontramos también el Jardín Botánico, al que no dudamos ni un segundo en entrar. No es que seamos muy aficionados a los árboles, plantas y flores, pero era una buena hora para descansar a la sombra, y seguro que dentro abría algún banco donde poder sentarnos y relajarnos. Y así fue. La paradita también nos valió para planear qué es lo siguiente que íbamos a ver. Dentro del jardín, también había un pequeño vivero para mariposas donde pudimos ver las distintas fases por las que pasas estos pequeños seres. Una vez que salimos de allí, volvimos sobre nuestros pasos, pero esta vez, en lugar de volver a montar en el Elevador de Santa Justa para bajar hacia el parking, decidimos coger un tranvía, transporte más significativo de Lisboa, ya que no queríamos quedarnos sin montarnos en una de ellas.



El tranvía nos dejó frente a la Plaza de los Restauradores y de allí, nos dirigimos hacia el parking. Ya habíamos fijado nuestro siguiente destino, Belém, y esta vez necesitábamos el coche para ir allí porque se encuentra bastante alejado de la zona centro (también se puede ir en tranvía, cogiendo el nº 15 cerca de la Plaza del Comercio, o bien en barco, disfrutando de las vistas que ofrece Lisboa desde el río Tajo).

Lo de ir en coche tampoco nos supuso ningún problema, ya que el itinerario está bastante bien señalizado y, una vez llegados allí, pudimos aparcar en la mismísima entrada de la Torre de Belém. Gran cantidad de turistas paseaban por la zona y era difícil circular por entre las paredes de la torre, ya que las escaleras de caracol que subían hasta la torre más alta eran muy estrechas e imposibilitaban el tráfico bidireccional. Por lo que mientras que los que estaban arriba bajaban los escalones, la gente que subía tenía que esperar a un lado hasta que hubiesen bajado todos. La escalinata me recordó bastante al de la Torre de Hércules de A Coruña, pero por suerte, la Torre de Belém cuenta con distintos niveles que sirven para tomar algo de aire y seguir con la ascensión.



Justo al lado, a unos 200 metros de la Torre de Belém, se encuentra el Monumento a los Descubridores, construido en 1960 para conmemorar los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante, quien se dedicó a estudiar las experiencias marítimas con la ayuda de famosos navegantes, cartógrafos y reyes. Enrique está situado en la parte delantera del monumento que tiene forma de carabela, y a los lados, están las estatuas de distintos héroes portugueses relacionados con los Descubrimientos. Justo debajo, en el suelo, dibujaron una gran rosa de los vientos que abarca unos 50 metros de diámetro.




video

Aunque a menos de 500 metros de allí, también se encuentra el Monasterio de los Jerónimos, ese día nos conformamos viéndolo desde lejos, porque llegaba ya la hora de irnos, pero no queríamos dejar pasar la oportunidad de cruzar el Puente 25 de Abril que tanto habíamos visto durante el día. Cogimos el coche y nos adentramos en él, de camino al Cristo Rei. Pero llegamos tarde, para esa hora ya habían cerrado el recinto y ni siquiera pudimos sacar una instantánea decente del lugar. Por lo menos pude grabar con el móvil parte del recorrido del puente.




video

Y vuelta otra vez por el puente... Cogimos autopista dirección Cascais, que llegaba ya la hora de la cena y queríamos acercarnos ya hacia la zona del hotel. Todavía quedaban muchas cosas por ver en Lisboa, pero lo dejamos para otro día, que el cuerpo empezaba a necesitar descanso.



DÍA 4 - Sintra - Cabo da Roca

El día que fuimos a Sintra, dejamos un par de cosas pendientes por visitar, y el cuarto día nos acercamos nuevamente a la zona, esta vez para conocer su Palacio Nacional y la Quinta da Regaleira. Como ese día no madrugamos tanto, una vez que llegamos al pueblo, aparcamos en el primer sitio libre que encontramos y fuimos paseando poco a poco hacia el centro histórico en sí. Por el camino, pudimos disfrutar de diferentes esculturas expuestas a lo largo de la acera y, aunque también vimos un mini jardín botánico, pasamos de largo. No podíamos rezagarnos mucho por el camino porque sabíamos que aquello se llenaba en un santiamén y no queríamos tener que esperar largas colas.



El Palacio Nacional en sí no me llamaba mucho la atención y visto la cantidad de turistas que entraban en él y el precio de la entrada (no lo recuerdo), decidimos que no merecía la pena pagar por verlo (aunque es posible que nos hayamos equivocado). Por lo que tras sacar un par de fotos del edificio, volvimos hacia el coche para ir al siguiente destino: Quinta da Regaleira, también conocido como Palacio da Regaleira. Podíamos haber ido andando, pero es que a veces la pereza gana la batalla, como ocurrió en esa ocasión. Por el camino vimos una larga hilera de coches malamente aparcados en los arcenes e hicimos lo mismo, tomando precauciones de elegir el lugar adecuado (más que nada para ahorrarnos la multa que nos podrían poner) y fuimos hacia la entrada del Palacio. Nos sorprendimos gratamente al ver que tampoco había tanta gente comprando los tickets. Nos dieron un mapa con el recorrido cuasi laberíntico, pero nosotros trazamos nuestra propia ruta.

Con una extensión de cuatro hectáreas, la Quinta da Regaleira cuenta con un impresionante palacio de estilos varios (gótica, renacentista, románica y manuelina), inmensos jardines, lagos y grutas que guardan significados muy ligados a la masonería, los templarios y la alquimia.



He de decir que, en general, nos gustó todo el entorno. Se respiraba paz y magia por cada recoveco. Pero si me tengo que quedar con algo, sin duda alguna, elegiría las grutas y lagos que recorren el Palacio bajo tierra. Una vez entrabas, te sumías en la oscuridad más profunda y tuvimos que valernos de la linterna del móvil para ver por dónde pisábamos y encontrar la salida correcta. Algunos tramos estaban iluminados por pequeñas luces dispersadas por el suelo, pero la mayor parte del recorrido no veíamos qué es lo que teníamos delante. La zona más espectacular, en mi opinión, es donde se encuentra el Pozo Iniciático. Una de las galerías te lleva directamente al mismísimo centro del pozo, que cuenta con una escalera en espiral ascendente y donde a nuestros pies dibujaron una rosa de los vientos sobre una cruz templaria, emblema de la Orden Rosacruz. El pozo se llama iniciático porque fue utilizado en rituales masónicos de iniciación.



Como en todas estas atracciones turísticas, la Quinta cuenta también con un restaurante al aire libre donde poder tomar un tentempié o comer alguno de los menús que ofrecen. Y tras llenar la tripa, nos dirigimos a la última visita del recorrido: el Palacio. No tuve oportunidad de sacar muchas fotos, para esas horas la zona estaba abarrotada y los grupos de viajes fueron comiéndonos espacio. Aún así, pude tomar alguna que otra instantánea antes de abandonar el lugar...



Ya de vuelta en el coche, nuestra intención era dejar Sintra y acercarnos a la costa. Nos costó bastante salir del pueblo. Las carreteras estrechas por donde apenas entran dos coches y la afluencia de turistas nos hicieron ralentizar la marcha. Además, nos perdimos por culpa del GPS, que nos indicaba que teníamos que avanzar por un camino forestal, y tuvimos que dar media vuelta. Tras unos cuantos cruces y giros probablemente innecesarios, conseguimos salir de Sintra y nos pusimos rumbo a la costa, más concretamente a Cabo da Roca, situado en el punto más occidental de la Europa continental. Ubicado a 140 metros sobre el nivel del mar se puede visitar también el faro y la tienda para turistas, donde puedes hacerte (por un precio desorbitado) con un diploma que certifica haber estado en el lugar



Poco a poco, fuimos acercándonos a Cascais. Siguiendo la costa, cruzamos varias playas, como la de Guincho, conocida por ser punto de encuentro de amantes del surf y los deportes acuáticos en general, por la ventolera que pega en esa zona en concreto, y llegamos a Boca do Inferno. Ya estábamos llegando al hotel y decidimos acercarnos al Circuito de Estoril, ubicado justo al lado de nuestro hotel. Estaba cerrada a cal y canto y por más que intentamos ver algo del circuito, nos fue casi imposible, sólo llegamos a divisar algo de arena y las gradas. Vaya chasco!! Pero es normal, porque si se viese el circuito desde fuera de las vallas, muchos aficionados aprovecharían la oportunidad para ver las competiciones sin pagar nada (y eso, amig@s, es algo que no se puede permitir; nada es gratis en esta vida, y menos eventos de estas características que mueven dinero a raudales).



El día llegaba a su fin, y después de un rato de relax en el hotel, volvimos a Cascais para cenar. Nunca había cenado en un indio y he de decir que me gustó mucho el contraste de sabores de sus platos típicos, quizás un poco picantes, pero no es problema para mi, ya que me encantan los platos con mucho sabor y no me importa que pique, siempre que no me arda la boca. Después de dar un paseo para bajar la comida, nos volvimos para el hotel que ya iba siendo hora de dormir.



DÍA 5 - Lisboa - Estoril

Me desperté más feliz que de constumbre, era 12 de agosto, nuestro 7º aniversario y tenía muchas ganas de celebrarlo por todo lo alto. Y que mejor modo de hacerlo que acercándonos nuevamente a la capital lusa, ya que aún nos quedaban muchas cosas por ver. No teníamos planeado rumbo fijo y tras consultar un poco la guía que llevábamos encima constantemente, decidimos ir hacia la zona del Parque de las Naciones (Parque das Nações) que sirvió de sede para la Expo Mundial de 1998 de Portugal. Convertido en centro de actividades culturales y zona empresarial, actualmente dispone de un moderno Museo de Ciencia y Tecnología, un teleférico, la Estación de Oriente (diseñado por Santiago Calatrava) y lo más significativo de todo, la Torre Vasco da Gama, el edificio más alto de Lisboa. Como era domingo, la zona estaba bastante tranquila, quizás demasiado para mi gusto. Me hubiera gustado ver cómo es el día a día de la zona, con la gente paseando por la zona, ejecutivos saliendo de sus despachos, gente tomando algo en las terrazas... Pero nada, no hubo manera. Así que sacamos un par de fotos y volvimos al coche. El resto del Parque lo vimos a través de las ventanillas del coche. 



Y de allí, vuelta otra vez a la zona de la Baixa. Menos mal que esta vez era domingo y que el aparcar en la calle era gratis. Así que dejamos el coche en uno de los laterales de la Avenida de la Libertad, bajo unos árboles, bien resguardado del sol. Primero de todo quisimos acercarnos a las plazas más importantes que abundan en la zona. La primera con la que nos topamos fue la Plaza de los Restauradores, situada en la parte sur de la Avenida de la Libertad. El gran obelisco situado justo en el centro conmemora la liberación de Portugal del dominio español en 1640. Las figuras de bronce del pedestal representan la Victoria y la Libertad y a los lados del monumento están grabados todos y cada uno de las batallas de la Guerra de Restauración. A un lado de la plaza se encuentra el Teatro Eden, hoy en día convertido en hotel. 



A muy pocos metros de allí, otra plaza, esta vez la del Rossío, donde una gran estatua de Don Pedro IV (más conocido como el Rey Soldado) se yergue en el centro. Es el centro neurálgico de Lisboa y es la zona más animada de la ciudad. En sus calles aledañas podemos encontrar innumerables tiendas, bares y restaurantes donde poder tomar algo para poder hacer frente al calor intenso que hacía. La estatua no es el único punto de interés de la plaza, ya que en su cara norte está ubicado el Teatro Nacional Doña María II, construido en 1842 y que ha servido de escenario para muchos artistas nacionales e internacionales. 





Y sin darnos cuenta llegó otra vez la hora de comer. Aprovechamos que estábamos en la zona para degustar un menú en uno de los restaurantes de la zona. En cuanto terminamos, volvimos a coger el coche, esta vez para ir hacia la zona del parque Eduardo VII, abierto en el sigo XX como prolongación de la Avenida de la Libertad. De hecho, como he podido enterarme más tarde, al principio se llamaba el Parque de la Libertad, hasta que en 1902, el rey Eduardo VII de Reino Unido visitó Lisboa y reafirmó la alianza entre los dos países. El gran parque se extiende por 25 hectáreas y su empinada pendiente está decorada por dibujos de setos recortados con mucho cuidado. Entre los lugares a destacar están la Estufa Fría y la Estufa Caliente. La primera de ellas en un jardín botánico que cuenta con numerosas plantas exóticas, palmeras, cascadas riachuelos... Y en la segunda también podemos encontrar con plantas  y animales de clima tropical. 



Justo al pie del parque se encuentra la Plaza más importante de la ciudad, la del Marqués del Pombal. Más que plaza es una rotonda donde en el centro está erigido la estatua de uno de los hombres más influyentes de la política lusa y para acceder justo al centro se pueden utilizar los distintos pasos subterráneos que hay alrededor de la plaza. 



De vuelta hacia el coche, tuvimos que subir nuevamente por el parque, lugar perfecto para tomar un descanso, hacer un picnic, disfrutar de actividades deportivas... Y de ahí fuimos dirección Belem, porque días antes dejamos un par de cosas sin ver por la zona. Es el caso del Monasterio de los Jerónimos, uno de los monumentos más destacados del país con más de 500 años de antigüedad. Su fachada se extiende más de 300 metros y es la sede del Museo de Antropología. No entramos porque para la hora que era no merecía la pena porque no nos daría tiempo a recorrer sus  claustros, capillas y mausoleos. Por lo que nos tuvimos que conformar con visitar la iglesia. 



Paseamos por las calles de Belem, disfrutando de lo animado que estaba y aunque quisimos probar los famosos pasteles de Belem, la larga cola que había justo en la entrada de la tradicional fábrica de estos pasteles de nata inaugurada en 1837 nos echó para atrás. En lugar de comprarlos allí, nos fuimos a una cafetería que se encontraba justo enfrente donde también vendían estos pasteles y nos comimos una, además de otro pastel de cerveza. 

Cogimos otra vez el coche, y ya que el día anterior habíamos cruzado el Puente 25 de Abril, no podíamos dejar de hacer lo mismo con el Puente Vasco da Gama. Realmente impresiona su longitud, 16 km en total, 12 de las cuales transcurren por encima del río Tajo. 



Aún quedaba mucho día por delante y como más o menos habíamos visto lo más importante de Lisboa, decidimos volver hacia Cascais, parando primero en el pueblo de Estoril, famoso no sólo por su circuito sino que también por su gran casino y por haber sido el lugar favorito para algunos familias reales europeas para disfrutar de las vacaciones. En un principio pensamos que no íbamos a poder entrar al casino así por así, pero no sólo entramos, sino que además jugamos una partida a la ruleta deseando que la suerte nos acompañase. Lamentablemente, no fue así. No tengo ninguna foto de dentro (lástima, porque me impresiona la cantidad de tragaperras que había y la elegancia que desprendían sus cuatro paredes); está terminantemente prohibido utilizar la cámara de fotos en todo el recinto. 



Tras un paseo por la playa, volvimos al coche y nos fuimos a Cascais, a buscar un buen restaurante donde poder disfrutar de un buen banquete de aniversario. Aunque abundaban los restaurantes donde se servían mariscadas, tampoco queríamos pasarnos con nuestro presupuesto y elegimos uno donde parecía que los precios no eran tan elevados. Sacamos un buen vinito y disfrutamos de unas almejas exquisitas y una paella de marisco que bien podría haber sido para cuatro. Estuvo todo delicioso y la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres nos amenizaron parte de la velada. 


Y qué mejor forma de terminar un día tan especial que con un paseo junto al mar bajo la luz de la luna... 





DÍA 6 y 7 - Relax

Siempre que nos marchamos de viaje se nos olvida que las vacaciones son también para descansar, pero es que no nos gusta estar sin hacer nada teniendo millones de cosas que ver por los alrededores. Bastante vagueamos muchos fines de semana del año, como para que también lo hagamos durante nuestras vacaciones. Pero los últimos dos días decidimos que los aprovecharíamos para relajarnos, no hacer nada, disfrutar del buen tiempo y descansar.

Aún no habíamos tenido oportunidad de disfrutar de la piscina del hotel, ya que con el ajetreo de los últimos días siempre llegábamos cuando las instalaciones estaban ya cerradas al público. Así que nada más desayunar, la primera mañana de nuestros dos días de relax la dedicamos a tumbarnos en las hamacas, a la orilla de la piscina, y tomar algo de sol, algo que nuestros cuerpos blanquecinos lo agradecieron. También hubo momentos de diversión, sobre todo cuando, cámara acuática en mano, nos pusimos a hacer un poco el tonto sacando fotos y vídeos bajo el agua. También aproveché para ponerme al día con mis lecturas (me enganché a la trilogía de "Los Juegos del Hambre"; pronto escribiré una crítica al respecto). El resto del día pasó tan rápido como llegó, pero al menos nos dio el tiempo suficiente para reponer algo de fuerzas. 

Nuestro último día en Portugal la teníamos reservada para ir a la playa. Tenía ganas de probar cuan fría era el agua del Atlántico (me habían comentado que llega a cortarte la respiración). Lamentablemente, elegimos el pero día para visitar la playa; ese día amaneció completamente nublado y no varió en todo el día. Así que nada, otro día de relax en el hotel. A la tarde, nos acercamos nuevamente a Sintra porque queríamos comprar algunos recuerdos para nuestros familiares. Y como no podía ser de otra forma, entre las cosas que adquirimos, estaban la famosa "Ginja" (bebida típica portuguesa elaborada con cerezas, aguardiente y azúcar, entre otros ingredientes) y el gallo portugués. 

Por la noche, volvimos a Cascais para despedirnos de las vacaciones con otra buena cena (algo peor que la noche anterior en cuanto a calidad). El síndrome post-vacacional empezaba a hacer acto de presencia y las ganas de volver a nuestros respectivos trabajos iban decreciendo. 


DÍA 8 - Vuelta a casa

¡Cómo odio cuando llega ese día! Era el último día antes de la vuelta a la rutina y, además, nos esperaban muchos kilómetros que recorrer antes de volver a estar en nuestro dulce hogar. Pero poco antes de que llegara la hora de comer, me enteré que aún quedaba un destino más que visitar en nuestra ruta: Salamanca. Se nos ocurrió que sería un buen sitio para comer y así lo hicimos. También aprovechamos para ver algunos de los monumentos más característicos de la ciudad, como son la Catedral o la Universidad. Estuvimos un buen rato buscamos a la famosa rana que se encuentra en la misma fachada de la Universidad. Y una vez que habíamos bajado un poco la comida, volvimos al coche y seguimos rumbo a nuestro punto final: nuestra casa. 

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Y así termina nuestro viaje por Portugal. Tal vez pueda parecer que he querido terminar lo más rápido posible con este post, sobre todo por lo breve que ha sido la crónica de los últimos tres días de viaje. Pero en verdad, no creo que haya mucho más que decir respecto a ellos, ya que, como digo más arriba, esas últimas jornadas las aprovechamos para descansar y como es obvio, no nos movimos tanto. De hecho ni saqué la cámara de fotos... Es por ello que he intentado hacerlo lo más breve posible, para no marear mucho la perdiz y no aburrir con la historia. 

Ha pasado ya un mes desde que nos marchamos y aún hecho de menos esos días... ¡Qué bien se está de vacaciones...! Peeeerooo, siempre llega el momento de volver a la realidad... 

Ya estoy pensando en el próximo viaje, pero tendremos que dejarlo para el año que viene, el 2012 ha sido bastante movidito en cuanto a viajes se refiere y hay que ahorrar para nuestras próximas vacaciones que espero que sean igual de buenas o mejores, si cabe. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario