miércoles, 13 de junio de 2012

Ruta en coche por Francia

Como en Semana Santa no pudimos irnos de vacaciones por motivos de trabajo, reservamos una semana a mediado de abril para hacer nuestro segundo viaje grande del año, esta vez a Francia. Lo teníamos todo preparado. Había buscado toda la información necesaria por la red: ruta a seguir, lugares más importantes que ver en cada destino, un gasto aproximado de combustible... Y es que esta vez el plan era hacer una ruta en coche visitando Burdeos, París y La Rochelle, terminando en el sur, en la zona vascofrancesa.

DÍA 1 - Burdeos

El primer día salimos pronto de casa ya que nos esperaban casi 340 kilómetros hasta Burdeos y queríamos llegar para la hora de comer. Llenamos el depósito de gasolina y partimos hacia nuestro primer destino.

Cogimos la A-8 y en menos de una hora ya estabamos cruzando la frontera. El tiempo no nos acompañaba y nos llovió de forma constante durante más de la mitad del trayecto. Pero por suerte, cuando llegamos a Burdeos, había parado de llover. Era ya la hora de comer, pero teniendo en cuenta que allí comen muy pronto y que a partir de las 14:30 es muy raro que te atiendan en los restaurantes, sabiamos casi con total certeza, que tendríamos que comer en algún area de servicio cercano o comprar algo en un supermercado. Y es esto último lo que hicimos: compramos pan y un poco de embutido y nos lo comimos regado con un poco de agua.

Como todavía no podíamos registrarnos en el hotel porque, al ser fin de semana, la recepción cerraba hasta las 17:00, nos dirigimos al centro de la ciudad. Nos acercamos hasta el Jardín Público y dimos un paseo, disfrutando de la tranquilidad que se respiraba en el momento y los pocos rayos de sol que hicieron acto de presencia.

A pocos metros de aquí, se encuentra la Plaza de Quinconces donde se alza el Monumento a los Girondinos, construida a finales del siglo XIX. Se trata de una gran columna central con dos impresionantes fuentes de bronce a cada lado, dedicadas a la República y a la Concordia. En lo alto de la columna, también se puede ver una alegoría de la libertad rompiendo las cadenas de la opresión.

Y para cuando nos dimos cuenta, había llegado la hora de ir al hotel a dejar las maletas. Estaba a las afueras de la ciudad, pero no era ningún problema, ya que con el coche nos arreglábamos bastante bien. Después de registrarnos y descansar algo menos de una hora, nos fuimos otra vez al centro, para seguir con la ruta que habíamos planeado.

El siguiente destino era el Puente de Piedra (o Pont de Pierre en francés) que Napoleón I mandó construir sobre el río Garona entre 1810 y 1822. Delante mismo se encuentra también la Plaza de la Bolsa (Place de la Bourse), una espectacular plaza con una fuente de agua en la mitad en el que se reflejan los edificios contiguos. La vista es espectacular, sobre todo al atardecer.


De ahí, nos acercamos a la calle Sainte Catherine, la calle de las tiendas, que obviamente a esas horas estaban todas cerradas, pero no así los restaurantes de comida rápida que abundan por la zona. Elegimos una donde cenar y tomar fuerzas para el día siguiente, ya que nos esperaba un viaje que nos llevaría a la duna más grande de Europa: la Duna de Pilat.

DÍA 2 - Dune du Pyla - Archachón - Burdeos

Nos despertamos pronto y planeamos el itinerario del segundo día. Esta vez tocaba acercarnos a la zona de la Bahía de Arcachón a pasar la mañana. Se encuentra al sur de Burdeos, a menos de una hora. Nos salió un día estupendo y no podíamos desaprovecharlo. Por lo que nos pusimos rumbo a la primera parada: la Duna de Pilat (Dune du Pyla en francés). Esta gran formación de arena mide más de 100 metros de alto y ocupa 2,7km de costa lineal y hasta 500 metros de bosque perteneciente al Parque Natural de las Landas de Gascuña.

Aparcamos en el parking habilitado en la zona y fuimos hacia la duna. La verdad es que impresiona a simple vista. Cruzar un bosque y encontrarte con una pared enorme delante de tus ojos impone bastante. Menos mal que que alguien se le ocurrió la brillante idea de poner unas escaleras para subir hasta arriba, porque de no haber sido así, creo que mis pulmones no hubiesen aguantado. Algunos valientes se atrevían a subir por la misma duna, sin necesidad de escaleras ni nada. No fue ese mi caso.


Una vez arriba, las vistas son alucinantes. Casi llegan a cortar la respiración. A un lado la gran Bahía de Arcachón; al otro, el extenso bosque. Allí arriba se respiraba paz y tranquilidad. Lástima que había mucha gente (aún no siendo época vacacional). Aunque nuestro propósito era recorrer la duna en su totalidad, la dificultad de avanzar que conlleva caminar por la arena hizo que desistieramos en el intento y aprovechamos para sentarnos y admirar el paisaje.



Después del book de fotos de rigor, bajamos la duna, que llegaba la hora de comer y, como ya he dicho anteriormente, la mayoría de los restaurantes franceses cierran sus cocinas antes de las 15:00. Después de deshacernos de un par de kilos de arena que se nos había metido en las zapatillas, cogimos el coche y fuimos hacia Arcachón, famosa por sus ostras. No nos decantamos por ellas, ya que no son plato de nuestra devoción. En su defecto, comimos unas riquísimas "moules marinière frites", o mejor dicho, "mejillones de toda la vida con un plato de patatas fritas al lado". Y después de la comilona, aprovechamos para dar una vuelta por el paseo de la playa y disfrutar del día soleado, aunque ventoso que nos salió.


Y vuelta para Burdeos, que era nuestro último día en la zona, y todavía nos faltaban unas cuantos sitios que visitar. Nuestra siguiente ruta nos llevó desde Arcachón hasta Burdeos, cruzando el Puente de Piedra y volviendo sobre nuestros pasos para aparcar cerca de la zona de la Puerta de Bourgogne, donde se encuentra la Basílica de Sant Michel. Todavía faltaban unas cuantas horas para el atardecer y nos apresuramos para visitar otros muchos sitios de la ciudad, no queríamos dejar ni un recoveco sin ver: el Gran Teatro, el Hotel de Ville (Ayuntamiento), la Catedral de Sant André, la Plaza de la Victoria con su escultura de unas tortugas, la Puerta Cailhau, la estación de trenes Gare Sant Jean...

Y después de una buena pateada por las calles de Burdeos, volvimos a la zona del hotel para cenar, donde había unos cuantos centros comerciales con restaurantes de comida rápida. Pero no sin antes disfrutar de un bonito atardecer visto desde el Lago de Burdeos.


DÍA 3 - París

Y llegó la hora de dejar Burdeos para partir hacia el norte, hacia París, la Ciudad del Amor por excelencia. Teníamos casi 600 kilómetros por delante y tuvimos que madrugar bastante para no perder tiempo.

Casi cinco horas más tarde llegabamos al hotel, un poco alejado también del centro de la ciudad, pero con parada de metro a unos 100 metros de la puerta. Primero tuvimos que buscar sitio donde aparcar. Dejar el coche en la calle no era buena opción, ya que la zona no era muy buena, y no quería que mi coche apareciese sin ruedas y con los cristales rotos después de tres días a la intemperie. A poco más de 200 metros del hotel, había un parking de pago y aunque era un poco caro, no dudamos en dejarlo allí. Nos cobraron unos 69 euros por tres días, pero pudimos descansar tranquilos porque sabiamos que estaba a buen resguardo. Además, no necesitabamos el coche para andar por París, porque su metro, con 14 líneas, llega a todos y cada uno de los lugares más turísticos de la ciudad.

Dejamos las maletas en el hotel y no tardamos ni 5 minutos en ir hacia el metro para empezar con la ruta de tres días que habíamos planificado. Como en muchas ciudades, el metro parisino también tiene bonos para unos cuantos días a un precio bastante económico teniendo en cuenta lo mucho que teníamos que utilizarlo. Si no recuerdo mal, el bono para tres días nos salió por 21 euros por barba.

Primera parada de la tarde: Barrio Montmartre y la Basílica de Sacre Coeur.


El Barrio en sí es una buena zona para comprar cosas típicas de París y también para cenar o tomar una copa. No estuvimos mucho tiempo en la zona porque el día estaba llegando a su fin y todavía teníamos que ir a visitar la atracción turística por excelencia: la Torre Eiffel. Pero antes de eso, pasamos por la Plaza de la Concordia, desde donde se ven los Campos Elíseos en su totalidad, con el Arco del Triunfo a lo lejos.


De camino hacia la Torre Eiffel, también tuvimos la oportunidad de disfrutar de una espectacular vista del Sena, con el cielo nublado y un rayo de sol bañando sus aguas y con la torre de fondo.


En la foto parece que está cerca, pero no. Tuvimos que coger un metro que nos dejó muy cerca de los Campos de Marte. Una vez allí, llegó otra vez la sesión de fotos.


Nos acercamos a la base de la Torre, donde están los puestos para coger los tickets y nos quedamos alucinados de ver tanta gente haciendo cola. Pensábamos que no iba a llegar la hora de entrar. Suerte que uno de los seguratas nos dijo que cogiesemos los billetes en uno de los puestos que estaba vacío y entramos sin tener que hacer ninguna cola (no sé cómo la gente que llevaba tanto tiempo haciendo cola no se habían dado cuenta del truco). La entrada costaba 10 euros por persona y te permitía subir hasta la cima, los dos primeros tramos por las escaleras y el último en ascensor. Menos mal que en cada tramo han acondicionado una zona con información sobre la construcción de la torre, su historia, fotos... A cada tramo que subíamos, las vistas panóramicas de París se hacían más impresionantes. Y para cuando llegamos arriba, ya había empezado a caer el sol.


Fue precioso; ver como el sol se marcha desde uno de los lugares que más ganas tenía de visitar, no tiene precio. El día llegaba a su fin y todavía nos faltaba descender los 1662 escalones de las que se compone y coger el metro pa ir hacia el hotel. No sin antes, claro está, disfrutar de las vistas que brinda la torre de noche.


Primer día en París y ya estábamos tranquilos porque por lo menos habíamos visto lo más significativo de la ciudad. Y como sabíamos que los días siguientes nos iba a llover, nos podíamos dar por satisfechos por haber tenido la oportunidad de subir hasta arriba cuando ni siquiera habíamos barajado la idea.

DÍA 4 - París

El día despertó nublado, pero no llovía. Teníamos un planning que incluía muchas cosas por ver ese día, así que nos despertamos pronto. Eran ya unos cuantos días de viaje y nuestro cuerpo empezaba ya a notarlo. Y aunque nos pedía que nos quedásemos un rato más en la cama, no hicimos caso, nos preparamos y salimos sin desayunar. Ya encontraríamos alguna cafetería donde sirvieran un buen desayuno para darnos fuerza para ese largo día.

Primera parada: el Arco del Triunfo y los Campos Elíseos. Iba ya avisada de que la rotonda donde se encuentra el Arco del Triunfo era uno de los más peligrosos de Europa por la gran aglomeración de coches que suele haber. Pero cuando lo ví con mis propios ojos, no me lo podía creer. Aquello es una de "venga, ahora, y que pase lo que pase". Coches, camiones, autobuses, motocicletas, bicis.... Todos intentando pasar a la vez, como si de una aventura se tratara. Yo no me atrevería ni a acercarme siquiera. ¡Qué locura! Por suerte, hay un túnel subterráneo que te lleva al mismísimo centro de la rotonda: el gran Arco del Triunfo.



Desde alli también se podían ver los más de 2 kilómetros que tienen los Campos Elíseos que no tuvimos la oportunidad de recorrerlos, porque nada más cruzar otra vez el túnel para salir de la rotonda, empezó a llover y no paró en todo el día. Nos lo esperábamos, pero fue una gran p**ada, porque sabíamos que no lo íbamos a disfrutar igual. Menos mal que el metro te lleva a cualquier parte, sino hubiesemos terminado hundidos (más si cabe).

De ahí, nos dirigimos a la zona del Barrio Latino, donde se encuentra la Catedral de Notre Dame. Aunque llovía bastante cuando llegamos allí, la zona estaba repleta de gente bajo sus paraguas. Esta vez no pude sacar todas las fotos que quise. Menos mal que mi smarthphone saca imágenes bastante buenas que quisiera rescatar.


Estábamos empapados, se nos había roto el paraguas y necesitábamos ir a algún restaurante y entrar en calor. Según muchas páginas web, el Barrio Látino es uno de los lugares más económicos y pintorescos para comer. Pero dado el mal tiempo y la hora que era, todos estaban llenos. Intentamos buscar algún sitio callejeando y al final lo encontramos. Era un restaurante muy pequeño, pero muy cuco. Tenía unas 6 o 7 mesas sólo, de las cuales unas estaban en una terracita cubierta y las demás en un mini comedor. Era muy acojedor y el menú estaba bastante bien: primer plato y segundo plato + bebida por 16 euros (postre y pan a parte, como en casi todos los lados). No recuerdo el nombre del restaurante, pero aquí van unas cuantas fotos de lugar...


Con la tripa llena, salimos del restaurante y volvimos a la calle, donde seguía lloviendo sin parar. Nos acercamos poco a poco al Centro Pompidou, pero parece que todos los martes cierran y no tuvimos la oportunidad de entrar. Nos hubiese venido bien, ya que estabámos cansados de caminar bajo la lluvia. Pero poco a poco, y con la ayuda del metro, llegamos a las cercanías de los Jardines de Luxemburgo y el Panteón . El primer lugar de ellos no visitamos porque con ese tiempo no merecía la pena y preferimos ir directos al Panteón.

Impresiona a primera vista. Y más sabiendo que bajo la gran cúpula se encuentran las tumbas de 65 de los grandes ilustres de la historia de Francia, entre ellos, Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola o Marie Curie y su esposo, Pierre Curie. Se pueden ver en la cripta que se esconde baja sus cimientos. Otra de las atracciones del Panteón es la réplica del Péndulo de Foucault.



No tengo ninguna foto de la réplica del Péndulo de Foucault. Por suerte, hice una grabación con el móvil y éste es el resultado:

video

No es la primera vez que lo veía, pero si era el más alto, ya que León Foucault lo instaló aquí porque la gran altura hacía más fácil probar el experimento que demostraba la rotación de la Tierra.

No contentos con ver tumbas de personajes famosos, fuimos al Palacio Nacional de los Inválidos, donde se encuentra enterrado Napoleón Bonaparte. Pero ya era tarde para entrar a la sala donde está el gran ataúd y preferimos levantarnos pronto al día siguiente, ya que así podíamos visitar también las diferentes exposiciones permanentes del lugar: una sobre armaduras y armas de distintas épocas, otra sobre las dos Guerras Mundiales... Nos conformamos con visitar el patio interior donde están expuestos un montón de cañones y armas y también se encuentra una estatua de Napoleón Bonaparte.


No nos dió tiempo a ver mucho, porque en cuanto dieron las seis y media de la tarde, vinieron los gendarmes a decirnos que teníamos que ir saliendo. Había parado ya de llover y la verdad es que se agradecía. El cielo incluso había empezado a clarear y eso nos levantó los ánimos y nos hizo darnos cuenta que todavía quedaban muchos sitios que visitar y cada vez menos tiempo. Cogimos otra vez el metro y, echando otra vez para atrás, nos acercamos a la Ópera Nacional de París. Conocida también como la Ópera de Garnier, es un edificio que enamora a simple vista. Sus adornos en dorado y la historia que esconden sus muros hace que se te ericen los pelos.


A esas horas estábamos ya bastante cansados de andar para arriba y para abajo y, encima, bajo la lluvia, y nos acercamos a las Galerías Lafayette que están justo al lado. Es una especie de Corte Inglés, pero bastante más pijo y de la que entramos, salimos. No creo que encontrara nada que mi economía pudiese permitirse.

Ese día sólo nos quedaba otro sitio que visitar, otro de los lugares que me hacía ilusión visitar después de ver una de mis películas favoritas: Moulin Rouge. Supongo que ya sabréis cuál era nuestro siguiente destino... Para eso, cogimos otra vez el metro y fuimos directos a la estación Blanche. Justo delante, en la misma salida del metro, se encuentra el famoso cabaret parísino. Yo quería verlo de noche y con las luces encendidas, que es cuando ofrece su estampa más bonita. Pero su vista de día tampoco tiene desperdicio. Me encantó!!!


Y de allí, vuelta al hotel, que ya llevábamos bastantes horas caminando y estábamos cansados. Además, elegimos el mejor momento para marcharnos porque justo un poco antes de coger el metro, empezó nuevamente a llover.

Nada más llegar al hotel, visitamos un par de páginas de Internet para poder decidir qué ver al día siguiente en nuestra visita al Louvre. Es taaaaaan grande, que teníamos que elegir las obras más importantes y si nos sobraba tiempo ya visitaríamos más cosas. Además, a la mañana teníamos que ir otra vez al Palacio de los Inválidos, así que tampoco es que tuviésemos mucho tiempo para verlo todo con la atención que se merece.

DÍA 5 - París

Nos despertamos, nos preparamos y nos marchamos del hotel, no sin antes desayunar un par de bollos que cogimos el día anterior para no tener que perder tiempo y dinero teniendo que ir a alguna cafetería. Y fuimos directos a Los Inválidos. Como muchos de los museos de París, los residentes europeos menores de 26 años no tienen que pagar el billete de entrada, una idea que me pareció estupenda, sobre todo en esta época de crisis. Ya podrían aprender muchos otros países, empezando por España.

Como ya habíamos visto el patio el día anterior, fuimos directos al Museo del Ejército, donde se exponen gran variedad de armaduras y armas. A mi la verdad es que no me gustan mucho, me parecen todas iguales. Pero había alguna que otra pieza que me gustó, bien por su originalidad o bien por la historia que guardan.


Luego fuimos a las salas donde se muestra la historia de las dos Guerras Mundiales (según la versión de los franceses). La verdad es que me apasiona la historia de la época y disfruto viendo exposiciones sobre el tema. En ésta concretamente, sentí que faltaba bastante información, sobre todo la relacionada con los judíos y los campos de concentración (sólo había un mini rincón donde se mostraba el típico traje a rayas que vestían los deportados y un par de herramientas rescatadas de la época). No había ni información, ni fotos, ni nada.


La verdad es que esperaba más... Por lo menos me quedaba el consuelo de que yo no tuve que pagar la entrada. Y de allí, fuimos al mausoleo donde descansan los restos de Napoleón Bonaparte. Su tumba está situada en el centro de una cripta circular y alrededor se muestran las hazañas y logros que consiguió durante su reinado. También están enterrados allí Napoleón II (su hijo), José I Bonaparte (el hermano, más conocido como Pepe Botella), los generales Duroc, Bertrand y Lasalle y los mariscales Foch y Lyautey.

La visita a los Inválidos llegó a su fin y, rápidamente, nos fuimos hacia la zona del Louvre, nuestro siguiente destino. Como la hora de comer estaba muy cerca, entramos en la galería de tiendas y restaurantes que hay bajo los cimientos del Louvre, y con un poco de paciencia, pudimos hacernos paso entre la gran marea de gente que había allí y nos hicimos con la comida. Aquello era un horror, no había más que gente y gente por cualquier lado y se hacía imposible buscar un hueco para comer sentados. Tuvimos suerte y encontramos un sitio, donde sin demorarnos, terminamos lo de nuestros platos y sin perder un minuto, fuimos a la zona de la entrada a coger los billetes de entrada.

Como el día anterior habíamos planeado una mini ruta, empezamos con el primer punto de la visita, que no podía ser otra que la Gioconda. Entre empujones y pisotones, llegamos al famoso cuadro. Sabía que el cuadro era bastante pequeño por lo que había leido por la red, pero no me lo imaginaba taaan pequeño. Y me dí cuenta también de que lo que dicen sobre su mirada es verdad: da igual por qué ángulo lo veas, la Mona Lisa siempre te está mirando.

Se nota que es una de las obras más famosas del museo, porque mientras que la zona donde se encontraba la Gioconda era impracticable, con sus hordas de turistas, otras zonas estaban más bien vacías.

Como es normal, no pudimos disfrutar al 100% de todas las obras porque, si mal no recuerdo, las galerías tienen aproximádamente 13 kilómetros de recorrido. Obviamente, no pudimos ver todas y cada una de las obras de las que se compone el museo, pero creo que no nos dejamos ninguna importante por el camino. Aquí va un pequeño recopilatorio de las obras más famosas.


Como (creo) que he dicho anteriormente, nosotros no entendemos de arte y es por ello por lo que no disfrutamos todo lo que podíamos de cada una de las piezas expuestas. Pero he de decir que me gustó mucho poder ver algunas de las obras más importantes de la historia. 

Y para cuando nos dimos cuenta ya estaba atardeciendo y llegaba la hora de volver al hotel. Pero no podíamos dejar sin fotografiar la pirámide de cristal que es, sin duda, de lo más característico del Louvre. 


Nuestro último día en París llegó a su fin y después de coger algo para cenar, nos fuimos al hotel, que al día siguiente nos esperaban casi 500 kilómetros de viaje por delante para llegar a La Rochelle. Teníamos que descansar que con la caminata que nos pegamos ese día (sobre todo dentro del Louvre) nos había dejado exhaustos. 

DÍA 6 - La Rochelle

Preparamos la maleta, pagamos el hotel, cogimos el coche y nos pusimos rumbo a nuestro siguiente destino: La Rochelle. No recuerdo muy bien cuánto tiempo nos llevó el viaje, pero teniendo en cuenta que eran algo más de 470 kilómetros de ruta, calculo que tardamos algo así como 6 horas con parada incluida para comer.

Llegamos a eso de las 16:00 al hotel, nos registramos, dejamos las maletas y otra vez al coche, para acercarnos al centro de la ciudad. La Rochelle no es muy grande, pero como tampoco teníamos tiempo de andar a lo loco, aparcamos al lado de una de las torres de la ciudad y decidimos acercarnos a la Oficina de Turismo y hacernos con un mapa de la zona. Queríamos ir a visitar las tres torres de la ciudad, pero era tarde y no merecía la pena porque el recorrido duraba dos horas y media, y sólo quedaba una hora para su cierre. Y hubiese sido una visita interesante porque las torres datan de entre los siglos XIII y XV y son vestigios de las fortificaciones de la ciudad. La Torre de la Chaîne y la Torre de Saint-Nicolas eran residencias palaciegas y formaban la defensa de la entrada del puerto. La Torre de La Lanterne fue faro y prisión y entre sus muros hay testimonios en forma de pintada escritos por los presos que fueron encerrados en el lugar.


Un paseo y un aperitivo después, elegimos la ruta a seguir y comenzamos a callejear en busca de edificios y monumentos interesantes de ver, pero tampoco vimos gran cosa y volvimos sobre nuestros pasos, para coger el coche y fuimos hacia la zona vieja de la ciudad, donde se encuentra el puerto deportivo. Allí tenían montado un buen sarao, con carpas, música y jóvenes, muchos jóvenes. Al parecer esos días se estaban celebrando campeonatos de vela o algo parecido (no le dimos mucha importancia, la verdad). Justo al lado, está la playa Las Minimes desde donde se puede ver una réplica del Faro del Fín del Mundo. Hacía mucho viento y la arena se nos metía en los ojos, pero eso no fue impedimento para fotografiar el momento y las vistas.


Y vuelta otra vez hacia el Puerto Viejo. Habíamos visto un parque cerca y con el buen tiempo que hacía, apetecía dar un paseo por los jardines. Cual fue nuestra sorpresa cuando al llegar allí, encontramos un mini zoo gratuito en el interior. Allí, patos, pavos reales, ciervos y cabras vivían en zonas valladas habilitadas para ello, junto con otros cuantos animales más. Hacía tiempo que no veía de cerca un pavo real con su plumaje abierto. Son preciosos...


Nos lo pasamos genial dándoles de comer a la cabras, pero llegaba la hora de buscar sitio para cenar y después de hacer una parada en la playa y contemplar la caída del sol, fuimos hacia la zona del puerto viejo. Allí, entre todos los restaurantes (la mayoría de ellos bastante caros para mi bolsillo), elegimos uno donde servían los famosos mejillones con patatas fritas y junto con una ensalada que estaba deliciosa y un segundo plato, saciamos nuestro apetito y nos marchamos al hotel, no sin antes perdernos por las calles de La Rochelle que estaban plagadas de obras en carretera y señalización deficiente (el GPS nos dejó tirados y tuvimos que dar varias vueltas por la misma zona hasta encontrar el camino adecuado).


DÍA 7 - Bayona - Biarritz - San Juan de Luz - Donostia-San Sebastian

20 de abril. Tal día como ese, hace 26 años nací yo. Era un día especial; era mi cumpleaños. Y la intención era celebrarlo disfrutando de una bonita visita a la zona vascofrancesa. Ese día tocaba acercarnos a Bayona, donde habíamos cogido el hotel. Lástima que el día no acompañaba. Estaba muy nublado y tenía pinta de que iba a empezar a llover de un momento a otro. Y así ocurrió. Nada más llegar a Bayona y pasear un rato por sus calles en busca de algún restaurante, empezó a lloviznar y se hacía incomodo andar así. Además, todos los sitios donde daban de comer sólo lo hacían hasta las 14:30 y ya no nos atendían en ningún lado. Al final, el dueño de uno de los restaurantes a los que fuimos nos indicó que el único sitio cercano donde todavía servían comidas era una hamburguesería. Así que allí que fuimos. Pensábamos que sería un bar donde, además de hamburguesas, preparasen también platos combinados, raciones, bocadillos, ensaladas... Vamos, como un típico bar de por aquí. Pero para variar, como todas las hamburguesas que nos habíamos comido durante esos días parecían no ser suficientes, nos tuvimos que conformar con otra y una ración enana de patatas. Decidimos tomar el postre en otro lado y fuimos a un puesto donde vendían creps con nutella, gofres...

Seguía lloviendo y tras comer el postre bajo los andamios de un edificio para protegernos de la lluvia, fuimos hacia el coche porque habíamos decidido acercarnos a Biarritz. Y fue todo un acierto, porque aunque están muy cerca, allí no llovía. Aparcamos al lado de una de las playas, donde se encuentra la famosa Virgen de la Roca. La vista era impresionante. Como hacía mucho viento, el mar estaba enfurecido y pudimos disfrutar de una espectacular sesión de olas que llegaban hasta la carretera.









Aprovechamos que hacía sol para dar una vuelta por la zona. Nos acercamos primero a la Virgen de la Roca, pero estaba de obras, y por el fuerte oleaje, estaba prohibido cruzar a partir de cierto punto. Así que nos conformamos con sacar unas cuantas fotos desde allí y fuimos bordeando la costa, hasta llegar a la zona del puerto viejo y la playa.













Caminamos por las calles de Biarritz, plagadas de tiendas de recuerdos y moda. Pero no encontrábamos nada que llevar a nuestros familiares. Eso nos pasa por no habernos acordado antes y haberles comprado algún recuerdo en París. Así que nada, nos fuimos con las manos vacías, porque para comprar ikurriñas, monigotes vestidos de "dantzaris" o manteles con "lauburus" no teníamos que ir tan lejos, ya que en nuestros pueblos también podíamos encontrarlos.

Cogimos el coche y condujimos por la zona, visitando Bidart, San Juan de Luz, Urrugne, Hendaya... y cruzando la frontera nos acercamos a Hondarribia, para finalmente terminar en Donostia, todo ello sin salir del coche. Por el camino habíamos trazado un plan que consistía en ir de pintxos y potes por Donostia y cenar en alguno de los restaurantes para celebrar mi cumpleaños. Así que eso hicimos, comimos un par de pintxos y paseamos por la zona del puerto viejo y La Concha, para seguir haciendo hambre y cenar en el restaurante donde habíamos tomado el primer pote, ya que el menú especial que ofrecían tenía muy buena pinta.













La cena consistía en un chuletón a la brasa para dos, acompañado de patatas, ensalada y pimientos rojos y regado con una buena sidra. Todo ello por sólo 40 euros. Excelente relación calidad-precio. A juzgar por estas fotos, se puede ver que nos pusimos finos...


Y para colmo, la pedazo de sorpresa que me dieron me dejó boquiabierta. En algún momento que yo no me enteré, mi pareja pidió al camarero que trajese un mini postre con una velita por mi cumple. Y ellos, no sólo cumplieron con el pedido, sino que lo superaron. Me hizo una ilusión enorme y me sentí muy agradecida por el detalle. Lo tendré en cuenta la próxima vez que visitemos Donostia porque el trato que nos dieron fue exquisito. No hay más que ver el postre que se curraron...

Y con el estómago a punto de explotar y unas cuantas copitas de sidra (yo un par más ya que no conducía) volvimos de vuelta a Bayona, donde nos esperaba el hotel. Y por fin, por primera vez en toda la semana, pudimos disfrutar de canales de tv en español y como al día siguiente no hacía falta madrugar, dado que era el último día del viaje y volvíamos a casa, aprovechamos para navegar por Internet y ver la televisión hasta la hora que nuestros ojos dijesen "¡Basta!".

Había sido el cumpleaños perfecto (menos por la lluvia). No hubiese podido ser mejor, aunque tampoco hubiese estado mal poder celebrarlo junto con la familia y los amigos. Pero me quedaba el consuelo de que en dos días volvía a verles y entonces recibiría todos los abrazos y felicitaciones que ese día no pudieron ser. Y también estaba feliz, porque todo el mundo que quería se había acordado de mi día y bien por redes sociales, whatsapp o teléfono me habían felicitado.


DÍA 8 - Hendaya - Fin del viaje

Último día de viaje y, como no, llovía mucho. El plan era recoger todo e ir hacia Hendaya a desayunar. Llegabamos y llovía un poco, así que sacamos un par de fotos de las rocas conocidas como "Las Gemelas" y aparcamos cerca del centro.



Allí nos comimos nuestro último crep con nutella que tanto nos gustaban y paseamos por sus calles. Aunque había parado de llover, ya estábamos cansados y decidimos comenzar el viaje de vuelta a casa. Y menos mal, porque nada más llegar al coche y recorrer un par de kilómetros, comenzó a diluviar y siguió así casi hasta llegar a casa.

El viaje había terminado, pero no acababan las sorpresas. Ese día celebraríamos el cumple de dos familiares y el mío y a la noche cenábamos con otros familiares. Y todavía quedaba pendiente el banquete del día siguiente para celebrar mi cumpleaños con mis padres.

Sin lugar a dudas, puedo decir que fueron unas vacaciones alucinantes donde pude cumplir algunos de mis sueños, y disfrutar de todo ello en la mejor compañía.

Ya estoy deseando a que lleguen las próximas vacaciones... Lástima que tenga que esperar hasta agosto para poder tomarlas...

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